Las fórmulas de amar son infinitas, y el poliamor permite todas. Aquí, tres mujeres nos cuentan por qué son felices amando a más de una persona a la vez.

‘María’ (nombre ficticio, su familia no sabe que ama a más de una persona a la vez) practica el poliamor desde hace más de 2 años. Tiene 28 años, estudió administración y trabaja como oficinista en uno de los distritos más acomodados de Lima.

Cuando era adolescente se sentía como una chica rara porque no comprendía cómo es que solo se podía querer a una persona a la vez. Por qué tener a una pareja y no a más.No fue hasta hace unos años que en un foro de internet encontró a gente como ella, quienes tenían relaciones sentimentales no con una, sino con varias personas, hombres y mujeres al mismo tiempo

El poliamor es una manera de relacionarse consensuadamente entre más de dos personas sin presuponer que los sentimientos, acciones y cuerpos sean de su pertenencia. Considera que el amor no es restringido, es libre, porque respeta la libertad de sentir de los integrantes e incluye tanto lo emocional como lo sexual. “Es la única forma en que pude encontrar paz conmigo misma, sentirme libre amando a quienes me amen –cuenta María–. El ser poliamorosa me permitió conocer a Esteban, Diego y Andrea (sus parejas) y nunca he sido más feliz”.

Aunque María rebosa felicidad, su familia desconoce la relación que la vincula con estas personas. Cree que, si se enteran, no comprenderían esta forma de relacionarse, ya que atentan las normas básicas de una relación sexoafectiva tradicional: ser fiel a una sola pareja. Incluso aun más tradicional: ser fiel a una sola pareja del sexo opuesto.

Piensa, sin embargo, que a comparación del Perú, en Estados Unidos o Europa podría salir a la calle con sus parejas sin sentir culpa. Pero, ¿cómo es que en otros lugares las relaciones no tradicionales son más comunes?

Los locos 60’s

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Corrían los años 60 en Estados Unidos, los Beatles sonaban en la radio y Lyndon B. Johnson estaba en la Casa Blanca. El feminismo y el movimiento hippie figuraban en la esfera pública, los métodos anticonceptivos estaban en auge y la desmitificación del sexo en búsqueda del placer era una idea cada vez más difundida.

“La ciudad (Nueva York) ofrece una versión moderna de la danza tribal de la fertilidad, un safari sexual, y numerosos hombres sienten el impulso de probar una y otra vez sus instintos de cazadores. Es el elemento que les arrastra a la guerra y a menudo a una muerte prematura. Su actuación en los círculos del poder ha provocado escándalos políticos y derribado gobiernos. Unos pocos, descontentos con él, han elegido librarse de su presencia”.

El periodista americano Gay Talese lo señala en La mujer de tu prójimo, un libro donde investigó esta revolución sexual que cambió las normas morales de su país justo antes de la proliferación del SIDA.

En el Perú no fue así. El catecismo era la guía moral de cómo vivir, instituyendo al matrimonio como única forma socialmente aceptada de tener vida en pareja. El antropólogo Alex Huerta, en una columna publicada en el diario El Comercio explica “El uso político de la religión la convirtió en un sistema de vigilancia y castigo que se apropió la idea del cielo e infierno de forma inquisitorial”.  Es decir, si no hacías lo que el catecismo mandaba, el infierno era tu siguiente destino.

Buscando a la media naranja

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Andrea tiene 34 años, es administradora y sonidista. Desde hace 4 años sostiene una relación con Javier, y de vez en cuando comparten alguna chica que los cautiva por distintos motivos. Para Andrea definirse como alguien no monógama fue un proceso difícil, sobre todo cuando tuvo que contárselo a su madre porque representaba algo que no era común. Finalmente, la aceptó como es, porque vio que su hija era feliz.

Ella comenta desde su experiencia que no existe una fórmula para el poliamor: “La gente confunde poliamor con sexo casual y no es así. El poliamor requiere una continuidad, un vínculo más establecido”. Esto permite una conexión más fuerte, por lo que una relación poliamorosa requiere más límites que una monógama, límites que deben pactarse antes y que pueden cambiar en el camino. En el caso de Andrea, favoreció a conocerse más con Javier y saber qué es lo que le gusta, y qué tipo de chicas les pueden agradar a ambos, y no dejarse llevar por los celos de a quién preferiría cuando estén en una cita –o en una cama–.

La necesidad de buscar la media naranja parte del mito de que llegará alguien indicado. Un estudio realizado por Second Life (una plataforma para personas comprometidas que añoran una relación paralela) señala que el 78% de hombres y el 70% de mujeres casadas admitieron haber tenido una relación extramatrimonial en algún momento de su vida. “Pocas personas son monógamas de verdad, puedes tener una relación monógama pero si has tenido a otra pareja en tu vida entonces eres un polígamo” – dice Andrea.

Andrea cuenta que el amor es lo que más importa en la relación, y que si alguna chica le atrae le comenta que si la quiere, tiene que comprarse el “combo completo” (ella y Javier). Algunas desisten porque lo ven raro. “Uno nunca se cuestiona por qué es monógamo, simplemente lo hace por default, nunca se pregunta si puede ser lo tuyo, pero es lo que aprendemos por costumbre”.

               

¿Costumbres dañinas?

En 2017 el 65,4% de las mujeres respondieron en una encuesta del INEI (ENDES) haber sido víctimas de violencia física, sexual o psicológica. Entre los diversos factores, se encuentran los celos. Como explica la psicóloga Atenas Urrelo, los celos son una sensación de pertenencia que se presupone cuando se establece un vínculo sentimental con otra persona y que condiciona su libertad, en muchos casos encadenado a la moral e incertidumbre del celoso. “Son un estímulo emocional a la amenaza de perder al ser querido, muchas veces causado por propias falencias o baja autoestima”, comenta.

En una sociedad donde se violenta el deseo por el otro y se generan vínculos afectivos de pertenencia entre las parejas, es importante cuestionarse si en realidad la monogamia está negando un aspecto fundamental de la libertad emocional y sexual.

Ser o no ser

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Gabriela tiene 27 años, es diseñadora gráfica, activista y orgullosa portadora de un enorme arete con un símbolo del feminismo que cuelga de su oreja. Hace dos años se aceptó como poliamorosa. Se cansó de estar traicionando a las personas con quienes estaba porque reprimía lo que sentía. Decidió que podía contarle a su pareja que ella era poliamorosa, y que si la aceptaba así, entonces podría funcionar.

Erica, la pareja de Gabriela, todavía no entiende muy bien cómo funciona el poliamor, pero la acepta. Se conocieron por los círculos feministas y esto les permitió tomar el primer paso de lo que sería su relación.

“Si le contara a mi familia pensarían que soy una promiscua –explica– pero me ahorraré muchos enojos si no les digo. Hay un estigma social, si les cuento inmediatamente pensarán que me drogo, que tengo ITS. Por eso hay gente que prefiere mantenerse en perfil bajo”.

Gabriela espera que un día estos estigmas desaparezcan, y que pueda vivir sus relaciones en paz. Caminar por una ciudad donde el amor romántico y la familia patriarcal no sean las únicas formas de vivir aceptadas por la sociedad; mientras tanto, sigue amando como desea a pesar de todo. “A la mierda el qué dirán” sentencia.


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*Reportaje publicado originalmente en el portal Viaexpresa por el mismo autor.