A propósito de los pasados Juegos Parapanamericanos, para muchos es extraño pensar que los chicos con discapacidad disfrutan de una vida sexual plena.

Foto: Isabel Jave

Por: Andrea Burga

Aún recuerdo cuando veía un poco más. A los siete años percibía unas manchas difusas en el cielo que, según me contaban, eran las nubes. Ahora solo puedo distinguir el cielo ligeramente oscuro de Lima. Ya no veo aquellas manchas, mi visión se fue apagando lentamente, pero no me hace falta. Me gusta mi vida así, disfrutar el aire que me roza la cara, y ver las escasas luces y sombras que aún soy capaz de visualizar.

Puede que para ti sea difícil imaginar mi vida cotidiana. Cómo me desplazo por la calle o cómo puedo escribir este texto, y tal vez resulte más complicado pensar en que tengo una vida sexual. Sí, leíste bien, dije ‘vida sexual’.

Para muchos es extraño comprender que una persona con discapacidad pueda tener una sexualidad plena. Quizás fui más consciente cuando por fin llegó mi primera vez.

Tenía veinte años y no sabía nada de sexo, ni siquiera tenía la referencia de las películas porno porque no las podía ver. Estaba tomando unas cervezas en casa de un amigo, ambos nos gustábamos. De pronto empezamos a besarnos sin parar, me preguntó si quería hacerlo y le contesté con un ‘sí’ no muy convincente.

- Qué pasa, me preguntó.

- No sé nada, nunca lo he hecho ¿Cómo se supone que tengo que moverme?

- Yo te puedo enseñar, me dijo. Parece que sonreía. Y me cogió de la cintura para llevarme a su cuarto.

Ya en la habitación nos acostamos en la cama. Me ayudó a quitarme la ropa y se fue acercando poco a poco, pero a mí me dolía muchísimo.

- ¿Quieres que siga? Me preguntó.

- Sí, le respondí pensando que nunca había sentido algo tan extraño, era placer y dolor al mismo tiempo.

- Es muy raro que no puedas verme y yo sí, me confesó.

- A mí no me importa verte, tú solo sigue, repliqué.

Ese día no concluimos nada. El nerviosismo no me permitió relajarme y él se dio cuenta. “Tranquila, solo tienes que dejar la tensión, la próxima vez será mejor”, me dijo y me acompañó a casa.

Ya en mi cama me quedé pensando en lo poco que sabía sobre sexo. Al menos las mujeres que no tienen problemas con la vista tenían alguna referencia de lo que podían ver en las películas, de imágenes de internet o de la poca educación sexual que algunas, con mucha suerte, habían recibido. Yo no sabía nada. La educación sexual no es accesible para nosotras porque existe una serie de mitos que hacen pensar que no somos capaces de ejercer una sexualidad activa y responsable. ¿Cuáles son esas creencias?

¿SOMOS ASEXUALES?

Mi primer encuentro sexual me hizo remontar a aquellas épocas de colegio en las que se hablaba poco del tema. En una ocasión, mi profesora llevó a la clase unas imágenes que explicaban qué era un coito. Como yo no veía, tuve que preguntarle a mi compañera de qué se trataba.

- ¿Qué es eso?, pregunté.

- Es cuando el órgano del hombre entra a la vagina.

- ¿Eso es tener sexo?, volví a cuestionar.

- Sí…

Mis amigas también me detallaron cómo eran los aparatos reproductivos, pero sus explicaciones nunca llegaron a clarificar mis dudas por completo. Esa fue la única “educación sexual” que recibí en la escuela y no fue información proporcionada por un adulto. Mis papás tampoco me contaron nada.

Foto: Isabel Jave

De acuerdo a Elizabeth Caballero, psicóloga y coordinadora del Proyecto “Impulsando Prácticas no Violentas e Inclusivas hacia las Mujeres con Discapacidad en el Perú”, se cree que las personas con discapacidad no tienen sexo, por lo que la sociedad no considera importante brindarles información accesible en relación a este tema. “Se piensa que las mujeres con discapacidad son asexuadas, que no tienen desarrollada la afectividad; por tanto, no requieren recibir esa información; para qué se les va a adaptar los contenidos si no los necesitan”, explica la experta sobre el tabú social que significa la sexualidad de personas con discapacidades.

Lo cierto es que a mí sí me habría gustado recibir mayor información. Acceder a contenidos que no solo contemplen lo visual, sino que también tomen en cuenta aspectos más sensoriales. Maquetas interactivas o recursos en altorrelieve pudieron haber sido una buena opción para enseñarme estos temas.

Además, la información me hubiese permitido conocer las partes de mi cuerpo y prevenir cualquier forma de violencia. De acuerdo a la psicóloga Caballero, la falta de educación sexual conduce a que las mujeres con discapacidad sean más propensas a sufrir agresiones sexuales: “Al no recibir información sobre sexualidad, el cuidado de su cuerpo o los cambios que se dan en el organismo, las mujeres no saben hasta qué punto es correcto o indebido que otra persona las toque, entonces hace que el riesgo en mujeres con discapacidad de ser abusadas sexualmente sea mayor”.

SOMOS NIÑAS ETERNAS

“Andreita, ¿tú has tenido sexo? ¿De verdad? ¡Pero si yo siempre te veía como una bebé!”. Esto fue lo que dijo un amigo cuando conté en una reunión que había tenido relaciones sexuales. Todos los chicos habían hablado de su vida sexual y nadie les había cuestionado nada, pero cuando llegó mi turno y hablé del tema casi se desmayan.

Para muchos, las personas con discapacidad somos niños de por vida y la creencia está instalada no solo en nuestro círculo social, sino también en los entornos de la salud.

Cuando inicié mi vida sexual, una de las primeras cosas que hice fue buscar información sobre anticonceptivos en internet. Tras encontrar una lista larga de los métodos que podía utilizar, decidí acudir a una ginecóloga para que me dé sus recomendaciones. La doctora me recetó unas inyecciones y de inmediato fui a un servicio de salud a que me colocaran la primera ampolla.

La enfermera, al reparar en el anticonceptivo que le estaba entregando, se sorprendió muchísimo: “oh… ya… ¡yo pensé que ustedes no necesitaban esto!”.

Mi caso no es el único. Rosa María Juárez, miembro de la Comisión de Damas Invidentes del Perú (CODIP), cuenta que en una oportunidad se negaron a venderle un anticonceptivo en una farmacia: “Tenía la receta de unos óvulos anticonceptivos y le pedí a la señorita del mostrador que me los dé, pero la joven abrió la boca como diciendo ‘¡qué horror! ¡No, no!’, y yo le dije: ‘¿no tienes o no me lo quieres vender?’. Sí, ocurre que se escandalizan cuando quieres usar los métodos”.

La infantilización trae como consecuencia la creencia de que somos incapaces de valernos por nosotras mismas y que, al igual que los niños, necesitamos de alguien que tutele nuestras vidas, incluso nuestra sexualidad. Este mito no solo se restringe a mujeres con discapacidad visual, sino que también se observa y se potencia en otras discapacidades como la discapacidad mental, donde, inclusive, se llegan a vulnerar derechos fundamentales. “A las mujeres con discapacidad mental se les restringe el acceso a la información sobre los derechos sexuales y reproductivos, tanto es así que la propia familia toma la decisión frente a su sexualidad, y en muchos casos optan por la esterilización sin su consentimiento”, sostiene Elizabeth Caballero.

Pese a ello, los estereotipos contribuyen a que estas prácticas se sigan realizando. De acuerdo al decreto legislativo #1384 que modifica el Código Civil, las personas con discapacidad son capaces de tomar decisiones sin que dependan de un tutor que decida por ellas. Es por ello que, tal y como indica Caballero, cualquier acción que violente su autonomía está penalizada.

NADIE ME QUIERE

“¿Crees que una persona sin discapacidad pueda fijarse en ti?”, esta es una típica pregunta que me suelen hacer. Les cuento que sí, que las personas sin discapacidad también se interesan en nosotras y Rosa María comparte la misma opinión: “Si bien lo primero que entra es lo visual, pienso que más allá de eso, nos van conociendo y se dan cuenta de que somos mujeres, como todas; yo he tenido parejas sin discapacidad y me he sentido, en su momento, deseada”.

Pero sí, el mito está presente y a veces logra que las personas no quieran acercarse a nosotras por miedo a lo que digan sus amigos y familiares. Según Carmen Cutipa, miembro de la Fraternidad Cristiana de Personas con Discapacidad y mujer con discapacidad física, esta creencia está muy presente en el entorno social: “Yo conocí amigos que a veces por mi carácter, como era muy jovial, se me acercaban, pero a veces tenían miedo de pretenderme por lo que vaya a decir la gente”.

Se cree, además, que las personas que se fijan en nosotras son seres admirables y que, prácticamente, van camino a la santificación. Por lo menos eso fue lo que me hizo notar una amiga cuando le conté que estaba saliendo con un chico:

- ¿Sí? ¡Qué bonito! ¡Ese chico debe ser súper bueno!, me dijo.

- ¿Por qué?

- Por lo que me has contado, respondió dubitativa.

No le había contado nada, era la primera vez que le mencionaba el tema, pero al parecer no quería admitir que en el fondo pensaba que solo una persona bondadosa se atrevería a salir conmigo, porque, como dice Rosa María, “la sociedad endiosa a las personas que se fijan en nosotras”.

Cuando comencé a tener una vida sexual, me tropecé con todos estos mitos y al principio no los entendía. Siempre me preguntaba “¿por qué?”. Por qué la sorpresa al utilizar métodos anticonceptivos, por qué el asombro cuando quería hablar de sexo, por qué el desconcierto cuando salía con alguien.

Luego me di cuenta de que había una serie de creencias sobre mi propia vida que ni siquiera yo conocía bien. Más adelante, entendí que las mujeres con discapacidad no solo enfrentamos barreras físicas y arquitectónicas, también están las creencias que se convierten en obstáculos, tal vez más grandes y difíciles de dejar atrás.

                                                           Foto: Isabel Jave

Sí, los mitos sobre la sexualidad se convierten en limitaciones que tenemos que afrontar a diario porque nos quitan la capacidad de decidir con libertad sobre nuestros cuerpos, pero cuestionarlos nos ayuda a empezar a derribar esos imaginarios. ¿Te animas a hacerlo?